El propósito de la práctica meditativa

¿Por qué los seres humanos inventamos estrategias, espacios y reservamos momentos en los que nos preguntamos: quiénes somos, cómo hemos llegado hasta aquí, en qué clase de personas podemos convertirnos, nos preguntamos acerca del sentido de la vida, la muerte y lo que podemos esperar más allá de la vida, nuestras acciones y sus consecuencias, el sufrimiento, la insatisfacción y la vulnerabilidad radical en nuestras vidas, el desafío y la responsabilidad que suponen nuestras relaciones interpersonales y sociales?

¿Por qué razón nos sentamos en silencio para pensar acerca de nosotros mismos y el mundo en el que vivimos? Esta es una pregunta clave. En cierto sentido, todas las tradiciones de sabiduría de la humanidad han promovido alguna estrategia para que los individuos reflexionen sobre la naturaleza de la realidad, cultiven ciertas actitudes en su vida y se comporten de cierta manera en relación con los otros y el mundo.

¿Qué clase de extraña criatura somos los seres humanos en el universo que, a diferencia de otros seres vivientes, no nos es suficiente la vida, sino que necesitamos pensar acerca de ella para ser plenos, es decir, pensar acerca de quiénes somos y cuál es el sentido de nuestra existencia? O, para decirlo de otro modo: ¿Por qué necesitamos ponerle tantas palabras a nuestra vida? ¿Por qué tenemos que estar continuamente interpretando nuestras relaciones? ¿Por qué tenemos que estar explicándonos si tiene o no sentido lo que hacemos? ¿Por qué nos sentimos insatisfechos?

Todas las tradiciones de sabiduría educan a los seres humanos para que adopten una actitud más realista. No se trata de descubrir algo extraordinario, exótico, más allá de lo real.  Quizá lo más valioso que tiene para ofrecer la práctica meditativa es liberarnos de las mediaciones y los prejuicios que ocultan lo más ordinario, lo más cotidiano: a los otros y el mundo que habitamos.

 

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