Mente y política. Fronteras de la meditación

La tradicional frontera entre la psicología, por un lado, y la filosofía social y política, por el otro, ha sido invalidada por la condición del hombre en la era presente: los procesos psíquicos antiguamente autónomos e identificables están siendo absorbidos por la función del individuo en el Estado, por su existencia pública. Por tanto, los problemas psicológicos se convierten en problemas políticos: el desorden privado refleja más directamente que antes el desorden de la totalidad, y la curación del desorden personal depende más directamente que antes de la curación del desorden general. 
 
Herbert Marcuse,  Eros y Civilización. 

Introducción

En la entrada anterior apunté algunos temas que deseaba abordar de manera preliminar en la primera sesión del seminario que, en estos días, estoy dictando virtualmente sobre «meditación budista».

Decía, entonces, que mi interés por la filosofía y la práctica budista se debe a que considero al budismo una tradición destacada, cuyo planteamiento puede aportar luz sobre algunas de las cuestiones que estamos intentando resolver. El budismo, como otras tradiciones de pensamiento en el mundo, merece tener un espacio en el debate global en el que estamos inmersos.

Sin embargo, a diferencia de la actitud que tienen los feligreses y ortodoxos, como en cualquier tradición, prefiero adoptar una actitud crítica. Eso significa, para comenzar, poner a prueba las enseñanzas y las liturgias que nos ofrece. Pero, más importante aún, poner en cuestión las interpretaciones contemporáneas que sus líderes espirituales han ofrecido a la luz de las condiciones existenciales concretas que está viviendo la humanidad y, por descontado, las apropiaciones comerciales de las enseñanzas articuladas para confluir y acomodarse a los presupuestos y prácticas corporativas que hoy imperan en todas nuestras relaciones sociales.

Esto es muy importante y nadie debería ofenderse por ello. Cuando hablamos de responsabilidad no estamos pensando en promover nuestras «marcas» intelectuales o espirituales en el mercado de las ideas, sino en encontrar las herramientas adecuadas para enfrentar los desafíos que tenemos por delante. Por lo tanto, nadie debería creer que la adopción de una actitud crítica es impropia. Muy por el contrario, es un signo de que nos tomamos en serio lo que se nos propone.

También apunté en mi entrada previa que no podemos hablar de la meditación sin echar una mirada preliminar al contexto concreto, a las circunstancias específicas que estamos viviendo. Esta observación inicial debe informar y afectar nuestra manera de interpretar el pensamiento budista y las prácticas que nos ofrece, y debe contribuir a nuestra reflexión sobre los temas que nos interesa tratar en el seminario.

La pandemia, como decía, ha puesto al desnudo las debilidades del sistema. El confinamiento masivo ha puesto a la vista de todos (1) un aparato de poder opresivo y explotador; (2) regímenes globales que definen nuestras relaciones, primariamente, en términos de desigualdades lacerantes; y (3) un mundo natural, humano y no humano, transformado exclusivamente en objeto de deseo y de saqueo, tanto en su dimensión biológica como cultural.

La totalidad de la vida se ha convertido en una mercancía, un mero recurso en los procesos de producción, distribución y realización última del capital. Eso significa que la vida misma tiene en el vigente sistema de relaciones sociales un valor subalterno. Los recientes debates en torno al interrogante sobre qué debemos priorizar, la vida o la economía, son una muestra elocuente de que en el imaginario capitalista existe una contradicción inherente. Esa contradicción es el resultado de la fetichización de la economía, la pretensión de su abstracción respecto a la ética, y su resistencia a dejarse subsumir bajo las exigencias de la vida misma. Esto es un signo de que vivimos bajo un «totalitarismo del mercado».

El desafío del presente

La guerra, el hambre y las catástrofes naturales vuelven a llamar a nuestras puertas. La situación geopolítica es delicada. En muchos lugares del mundo se asoman hambrunas. La pobreza crece vertiginosamente, mientras una minoría privilegiada acumula riquezas que nos han enseñado a considerar incuestionables. Las catástrofes naturales se multiplican. Estos son los desafíos que debemos resolver urgentemente.

En cambio, muchos de nosotros estamos obsesionados con la minimización de nuestras incomodidades y la maximización de nuestros goces individuales.

Sabemos que el neoliberalismo no es solo un sistema de dominación socio-económica y una estructura jurídico-política al servicio de este dominio. Es también una industria cultural, cuyo poder ha sido potenciado por una variedad de avances biotecnológicos que garantizan la subjetivación de ese orden de dominación y explotación en todas las esferas de la vida de las poblaciones.

En este contexto, tenemos que ser muy cuidadosos con el tipo de prácticas en las que nos embarcamos.

Pensemos un momento, por ejemplo, en las enormes ventajas que ha supuesto internet y el resto de las tecnologías de la comunicación. Es indudable cuáles son sus ventajas. Hemos resuelto numerosos problemas que parecían insuperables. Sin embargo, como no podía ser de otro modo, estos avances no traen solo buenas noticias. Vienen acompañados de nuevos problemas, que debemos abordar de manera inteligente, crítica, para evitar quedar cautivos de las consecuencias imprevistas o impensadas. Sabemos que el desarrollo vertiginoso de estas tecnologías, junto con lo que está sucediendo en el ámbito de la inteligencia artificial, la robótica o la bioingeniería nos obliga a repensar muchos aspectos de nuestra existencia que, hasta su irrupción, parecían incuestionables. Incluso corremos el peligro de que estás tecnologías, llamadas en principio a mejorar nuestras vidas, se conviertan en instrumentos de alienación y opresión.

Pongamos un ejemplo. Estas tecnologías han explosionado la noción que teníamos de la privacidad. La vigilancia es ubicua. Aunque cerremos las puertas de nuestras casas con dobles cerrojos, sabemos que la información sobre nuestras peculiaridades, nuestros gustos, nuestras fobias, nuestras promiscuidades, nuestras inclinaciones, y las de nuestras familias, se compran y se venden en el mercado. Cada uno de nosotros es el objetivo incesante de un ejército de expertos al servicio de la actividad corporativa que en competencia se disputa nuestra atención con el fin de moldear nuestros consumos y nuestra voluntad política.

Capitalismo y espiritualidad

Hace más de un siglo, Max Weber escribió un libro titulado La ética protestante y el nuevo espíritu del capitalismo en el que afirmaba que la ética y las ideas puritanas habían influenciado el desarrollo del capitalismo al imponer un conjunto de valores en torno al trabajo y al progreso que favorecían la persecución racional de la ganancia económica y la acumulación. Con una cita de Benjamin Franklin Weber ilustra esta teoría:

Recuerda que el tiempo es dinero. Quien puede ganar diez chelines por día trabajando, pero, en cambio, se va de viaje, o se sienta a holgazanear la mitad de ese día, aunque gaste solo seis chelines en su diversión u holgazanería, debe considerar que no solo tuvo ese gasto. Por el contrario, ha malgastado o tirado en realidad cinco chelines más (…) Recuerda que el dinero tiene una naturaleza prolífica y generadora. El dinero puede engendrar dinero, y su descendencia puede engendrar más, y así sucesivamente. Cinco chelines bien invertidos se convierten en seis, vueltos a invertir se transforman en siete chelines y tres peniques, y así sucesivamente, hasta que se convierten en cien libras. Cuando más dinero hay, más dinero se produce en cada ciclo, de modo que la ganancia crece cada vez de manera más acelerada. Por consiguiente, el que mata a una cerda destinada a la reproducción destruye a toda su descendencia hasta la milésima generación. El que asesina una corona, destruye todo lo que podría haber producido, incluso decenas de libras.

Sin embargo, eso que llamamos «capitalismo» no es un fenómeno estático. Se trata de un conjunto de relaciones sociales y formas institucionales en continua mutación. No es lo mismo el capitalismo mercantil de la primera etapa, que el capitalismo industrial que imperó en las sociedades centrales en el siglo XIX y comienzos del XX. No es lo mismo el capitalismo administrado por el Estado, que tuvo su auge a posteriori de la Segunda Guerra Mundial, que el capitalismo financiero o neoliberal que impera en nuestra época. En este sentido, cabe preguntarse cuáles son las características del orden moral imperante, qué tipo de imaginarios, qué tipo de prácticas, qué tipo de instituciones exige una sociedad dominada por las prerrogativas del capitalismo financiero o neoliberalismo.

Son muchos los estudiosos que señalan que la nueva espiritualidad, cuya marca emblemática es el «mindfulness» y todas sus formas análogas, bien puede representar el complemento ideal para maximizar el rendimiento de los individuos en una sociedad que, cada vez de manera más totalitaria, se entiende a sí misma exclusivamente en términos de mercado. No hay esfera que no haya sido colonizada por la lógica de la maximización de la ganancia y la acumulación.

Como ha señalado Wendy Brown, en las sociedades neoliberales se espera que las personas y los Estados se comporten como empresas, maximizando su valor capital en el presente, mejorando su valor futuro en ambos casos, a través de prácticas de emprendeduría, autoinversión y atracción de inversores.

En muchos sentidos, las prácticas meditativas y sus gurús se promocionan en el mercado espiritual con este mandato como eslogan. Nuestra felicidad y nuestro sufrimiento, al fin y al cabo, depende exclusivamente de nosotros mismos. Si tu vida es miserable o si es una delicia, depende exclusivamente de ti mismo. Las condiciones sociopolíticas y económicas tienen que quedar enteramente fuera de la ecuación.

El presupuesto inarticulado detrás de esta perspectiva es cierta noción de nosotros mismos como individuos aislados, autoconservados, subsistentes, cuya relación con otros individuos, con el cuerpo político, el entramado económico y el mundo natural resulta meramente accidental. De este modo, la sociedad queda reducida a un artefacto o constructo artificial y la naturaleza transformada en un recurso o un activo (como una obra de arte o una fotografía junto con un gran lama) para elevar nuestro valor de portfolio.

En ese marco, la clave para nuestro éxito consiste en centrarnos exclusivamente en nosotros mismos, convenciéndonos de que no hay nada que podamos hacer excepto cambiar aquello que nos afecta, promoviendo u obstaculizando nuestra felicidad.

Cuando hemos logrado algún control sobre el escenario exterior, pero descubrimos que pese a nuestro esfuerzo aún no logramos la felicidad que buscábamos, o cuando fracasamos en nuestra búsqueda de éxito personal y profesional, nos volvemos a nuestro interior, convencidos que bastara con que cambiemos nuestras actitudes para lograr lo que siempre hemos querido: ser felices, tener éxito en la vida, de cualquiera de las maneras en la que nos imaginemos ese logro.

Algunas personas, sin embargo, irán un paso más allá, y habiendo convertido su propia interioridad en el campo de acción privilegiado de atención, o habiendo reducido el círculo de su privacidad en escenario exclusivo de sus desvelos, se convencerán que el cultivo exquisito de sus mentes o almas tendrán, en el futuro, un efecto beneficioso para el mundo.

Incluso si cultivamos un horizonte de bien progresista, parecemos estar convencidos de que el único campo de acción es nuestra interioridad, o el reducido círculo privado en el cual, aparentemente, tenemos algún grado de control. Como este escenario acaba siendo decididamente inestable en nuestra época, nuestra atención tiende a reducirse aún más, convirtiendo a nuestros cuerpos, a nuestros hogares y a nuestras mentes en los exclusivos ámbitos en los que desplegamos nuestra acción transformadora, convenciéndonos de que, eventualmente, nuestro esfuerzo y nuestra dedicación a ser felices conducirá a la felicidad de los otros.

Seis contradicciones y el fin de la espiritualidad capitalista

En la entrada anterior me referí a tres supuestos que ponían de manifiesto contradicciones insuperables en numerosas presentaciones de la meditación que habitualmente se ofrecen en el mercado espiritual. La explicación de estas contradicciones sistémicas es que las mismas adoptan como punto de partida el sentido común que caracteriza los trasfondos de sentido de las sociedades contemporáneas.

Para hacer breve una larga historia, apuntemos tres características sustantivas detrás de los malestares manifiestos de nuestro tiempo: (a) el hiper-individualismo; (b) una concepción atomista del orden social y político; (c) una comprensión de la acción en términos exclusivamente instrumentales.

O, para decirlo de modo sencillo: nos sentimos solos, desconectados y ansiosos al haber convertido nuestras relaciones personales, sociales y naturales en medios para lograr nuestros fines individuales, ajenos a los propósitos sustantivos que tienen las relaciones mismas. Las redes sociales son una muestra emblemática de esa instrumentalización sistemática de todas nuestras experiencias, de la fragilidad de nuestros lazos sociales, y de la fijación obsesiva en nosotros mismos. Lo utilizamos todo, nuestra pareja, nuestros hijos, nuestras vacaciones, nuestras relaciones sociales, nuestras experiencias en la naturaleza, nuestra práctica espiritual, para elevar nuestro valor de portfolio o reconocimiento social.

Pero comencemos recordando los supuestos que introduje en la entrada anterior:

  1. Cambiar el mundo es cambiar nuestra mente.
  1. La verdad está en nuestro interior.
  1. El propósito de la meditación es el logro de la felicidad.

A estos tres supuestos sumaré los siguientes:

  1. La meditación tiene por objetivo que reposemos en el aquí y ahora.
  1. La meditación es una técnica o tecnología al servicio de la felicidad.
  1. La meditación puede ser validada por la ciencia (especialmente las neurociencias, las ciencias cognitivas y las ciencias del comportamiento).

Supuesto 4: «La meditación tiene por objetivo que reposemos en el aquí y ahora»

Una dimensión fundacional de la meditación budista, como de cualquier otra forma de práctica contemplativa, consiste en atender de manera relajada al contenido de la experiencia. Aprender a estar en lo que ocurre, aprender a suspender nuestras evaluaciones, prestar atención a lo que sucede momento a momento, es un elemento clave como punto de partida de la meditación.

Ahora bien, no se trata estrictamente de una práctica meditativa. Estamos hablando de una actitud o postura preliminar sin la cual la meditación no puede avanzar.

Sin embargo, algunos consagrados maestros de meditación han convertido este preliminar: estar con uno mismo sin necesidad de estimularnos continuamente con toda clase de actividades o distracciones, como un logro de gran profundidad.

Hay maestros que hablan del «poder del ahora» como si hubiesen descubierto un tesoro capaz de transformar el mundo entero. Como nos recordaba Ron Purser recientemente, algunos gurús, como Jon Kabat-Zinn, el fundador del método del «Mindfulness basado en la reducción de stress», sostienen que la atención plena que ellos enseñan «puede llegar a ser el único recurso a nuestra disposición para garantizar a nuestra especie la supervivencia en los próximos siglos». Evidentemente, se trata de una afirmación hiperbólica, pero que comparten numerosos gurús mediáticos, como Eckhart Tolle, quien afirma con estridencia ese «poder del ahora» como un elixir milagrero capaz de curar todos nuestros males.

Aunque reconozco el valor de esta práctica preliminar, considero que la insistencia en permanecer atentos exclusivamente al momento presente, olvidados del pasado e indiferentes respecto al futuro, es una distorsión grosera del propósito de la práctica, y un ejercicio peligroso que mutila nuestra inteligencia y sensibilidad.

Walter Benjamin hablaba del tiempo-ahora, como Charles Baudelaire, quien descubrió en el instante la puerta de lo eterno, y por ello una instancia en la cual se pone de manifiesto nuestra libertad radical. Sin embargo, la pretensión de instalarnos en esa libertad incondicional acaba convirtiéndose en una suerte de perversión, una suerte de traición hacia nosotros mismos, una estrategia desesperada por huir del mundo que se asemeja más a una patología psicológica que a una verdadera revelación espiritual.

El argumento es sencillo. Somos seres encarnados, históricos, finitos, dotados de una habilidad lingüística que nos permite asumir diversas perspectivas. Entre ellas, suspender provisionalmente nuestra historicidad y nuestra consciencia de finitud para adoptar una pura presencia. Sin embargo, resulta absurdo creer que esta atención puntual puede convertirse por sí misma en una revelación capaz de transformar nuestra existencia individual y colectiva de manera significativa, a menos que pensemos que nuestro objetivo es compartir con los pájaros y las serpientes, las vacas y los murciélagos, una consciencia ínfima de la existencia.

Obviamente, quienes creen que la suspensión del pensamiento es un logro superior en la práctica espiritual son aquellos que consideran a la razón misma como la antagonista a batir en nuestra lucha por la supervivencia.

No me cuento entre estos profetas del silencio. Creo, por el contrario, que necesitamos usar nuestra inteligencia con el fin de escapar de las telarañas egoístas y egocéntricas que teje a nuestro alrededor la ignorancia. Por supuesto, si nuestra inteligencia está al servicio de nuestros caprichos, nuestras fobias y prejuicios, nada bueno podemos esperar de ella. Pero si utilizamos la razón para analizar nuestros problemas, descubrir sus causas últimas, establecer la posibilidad de liberarnos de nuestras tendencias autodestructivas y fijar una estrategia para lograrlo, la inteligencia se convierte en una aliada insustituible.

Basta con recordar a Jesús de Nazareth o a Gotama Buda para saber en cuan alta estima tenían ambos la consciencia de nuestras acciones y sus efectos, y la consciencia de la transitoriedad y la propia muerte. Las contemplaciones de este tipo exigen que no reduzcamos la meditación a la mera atención del momento presente, sino que seamos capaces de contextualizarlo. La significación del ahora es un logro lingüístico. Por sí mismo, el ahora no tiene valor alguno. Como ocurre con un fragmento de silencio, es el marco de sonidos que lo rodea lo que hace posible nuestra apreciación del mismo.

Somos seres finitos, seres dependientes que hemos emergido de causas y condiciones específicas, y que dejaremos la existencia cuando esas causas y condiciones se descontinúen.

Cuentan sus discípulos que la última enseñanza de Gotama Buda estuvo dedicada a la no permanencia, la transitoriedad de la vida.

Los maestros tibetanos suelen decir que una mañana en la que no recordamos la muerte, es una mañana perdida; una tarde en la que no recordamos la muerte, es una tarde perdida; y una noche en la que no recordamos la muerte, es una noche perdida. De igual modo, nos piden que recordemos que nuestras experiencias no son fruto del azar o el designio de una voluntad caprichosa, sino el efecto complejo de precisas, aunque innumerables, causas y condiciones.

De este modo, la meditación no puede reducirse a la mera atención del aquí y del ahora. Recordar el pasado y el futuro es un ejercicio central en nuestra práctica espiritual. Eso significa, para empezar, discernir la eficacia de las causas y las condiciones que nuestras acciones individuales y colectivas pasadas tienen en el presente, al tiempo que recordamos inteligentemente que nuestras acciones presentes no se disolverán como nubes en el cielo de nuestra experiencia, sino que producirán inevitablemente efectos en el futuro.

Sin embargo, cuando prestamos atención exclusivamente al presente, cancelando de manera concertada toda referencia al pasado y al futuro, como en un sueño, tenemos la impresión de que la realidad es un milagro.

La atención exclusiva y cerrada al momento presente tiene en este caso un poder efectivo: el poder de engañarnos. La ignorancia que produce la manipulación de la temporalidad de una práctica meditativa fetichizada, nos hace sentir inmunes e impunes. Esto aviva nuestro egoísmo y nuestro egocentrismo. Cautivos del círculo estrecho de nuestro goce individual, nos entregamos sin freno al placer de la pretendida autosuficiencia.

Las repercusiones de esta obsesión por borrar el pasado y cancelar el futuro son notorias. La despolitización es resultado de la des-historización. La obsesión capitalista por cancelar el futuro anunciando el fin de la historia es un emblema de esta actitud que los gurús de la meditación han colaborado, tal vez de manera involuntaria, a promocionar entre las ciudadanías despolitizadas, haciéndonos creer que la existencia convencional, la tarea cotidiana que consiste en curar nuestras relaciones rotas (con nosotros mismos, con nuestro entorno, con nuestra propia mente, con nuestro pasado y con nuestro futuro, y con los innumerables otros que se presentan en nuestro mundo como amigos, enemigos o desconocidos) no merece nuestro tiempo ni nuestros desvelos, porque en esa noche eterna que es el eterno presente que promueven los gurús del ahora, «todas las vacas son negras», como decía Hegel, convirtiendo pretensiosamente la ignorancia supina en una corona, y al tonto, en un rey entre reyes.

Supuesto 5: La meditación es una técnica o tecnología al servicio de la felicidad. 

Son muchos los que promocionan la meditación como una técnica, incluso como una tecnología al servicio del éxito y la felicidad personal. No habría nada que objetar en principio a una definición semejante si no supiéramos, como sabemos, que las técnicas y las tecnologías se implementan de manera instrumental sobre diversos dominios de la realidad con el fin de producir ciertos resultados. Hay técnicas que se implementan en el dominio exterior con el fin de extraer recursos o moldear resultados beneficiosos para quien domina esas técnicas. Pero también hay técnicas que se implementan en el dominio interior, con el fin de extraer de manera análoga recursos disponibles y modelar respuestas convenientes por parte de los sujetos.

La práctica meditativa, entendido como una técnica, puede convertirse con facilidad en una actividad en la cual el sujeto se somete voluntariamente a una suerte de «lavado de cerebro». En manos de tecnócratas del mundo laboral, por ejemplo, el mindfulness, como otras técnicas semejantes, puede convertirse con facilidad en un ejercicio de autoinducción que conduce a los sujetos expuestos a estas técnicas en seres auto-explotados, cuyos recursos pueden ser fácilmente apropiados por el sistema corporativo o burocrático.

Pero incluso en los ámbitos tradicionales observamos, de manera semejante, que la implementación acrítica de las «técnicas» meditativas conduce a resultados opuestos a los esperados. Cuando nos tratamos a nosotros mismos como un dominio en el cual ejercitar la razón instrumental, implementando técnicas o sometiendo nuestro comportamiento al modelaje tecnológico, lo que producimos son respuestas automáticas y estilos de vida «robotizados» que solo resultan atractivos a quienes se sienten cómodos con formas de fundamentalismo espiritual. Sea que hablemos de la meditación, el yoga o cualquier otra práctica semejante, cuando nos aplicamos a ellas tratándonos a nosotros mismos como entidades inanimadas y no como seres vivos a quienes debemos escuchar en sus propios términos, y con quienes debemos dialogar, el resultado es la cerrazón y el fanatismo.

La mejor manera de prevenir esta deriva es abandonar la idea de que meditar consiste en aplicar técnicas, o que la meditación es una suerte de tecnología espiritual al servicio de la liberación o la iluminación, como se dice habitualmente. Lo que necesitamos es adoptar una relación dialógica con los textos y las prácticas. Eso significa, como vengo defendiendo desde el comienzo, adoptar una perspectiva crítica. Eso no significa «criticar» a la meditación o a la tradición de turno. Muy por el contrario, se trata de tomárnoslas en serio y tomarnos en serio a nosotros mismos.

De este modo, nuestra tarea no consiste en implementar ciertas fórmulas, sino dialogar con los maestros y con los textos, reflexionando acerca del sentido de las enseñanzas y la significación de los mismos para nosotros como individuos, pero, también, intentando descubrir el tipo de relevancia que estas pueden tener en nuestro contexto social y político específico.

Uno de los problemas que tenemos en América Latina, y al que me he referido en otro sitio, es que muchas de las técnicas espirituales exportadas a nuestras latitudes son productos diseñados para las sociedades angloestadounidenses. Nada puede ser más pernicioso, como nos muestra la historia, que viajar con un mapa que no corresponde con el territorio que deseamos explorar.

Supuesto 6: La meditación exige una verificación científica, especialmente, por parte de las neurociencias, las ciencias cognitivas y las ciencias del comportamiento. 

Conectado al punto anterior. Hay muchos maestros de meditación o practicantes de yoga que promocionan sus técnicas explicando los beneficios que supone para nuestra salud aplicarnos a las mismas. Esto no es un error necesariamente, pero cuando llevamos las cosas demasiado lejos, y olvidamos que este tipo de beneficios es un subproducto, una suerte de efecto lateral que no necesariamente se cumplirá, y que no resulta central para nuestra motivación, esto puede acabar siendo contraproducente. Por lo tanto, tenemos que prestar atención a nuestras estrategias publicitarias, y no prometer lo que no podemos garantizar. Ni el éxito, ni la felicidad, ni la salud, ni mayor eficacia en nuestro desempeño, ni mejores relaciones interpersonales, ni ninguno de los otros logros que habitualmente se publicitan deberían utilizarse como cebo para «pescar» estudiantes.

Como señalé en la entrada anterior, sostener que la felicidad es el objetivo central de la meditación es ya problemático. Pero si a esto sumamos la imagen de un monje conectado con hisopos en su cráneo a un artefacto tecnológico para medir su felicidad en el cerebro, pasamos del error al espanto sin estaciones intermedias. Si a esto le sumamos la caracterización del monje en cuestión como «la persona más feliz del mundo» y lo paseamos convertido en un fenómeno de circo publicitando el mindfulness, estamos ante una completa fetichización de la práctica meditativa que no puede traer nada bueno.

Debemos resistirnos a la apropiación de la meditación por parte del mundo corporativo, como también a la pretensión de la ciencia de convertirse en el árbitro último que la legitime mediante un estudio de nuestro comportamiento cerebral.

Los maestros de meditación que se regodean con los resultados en estas áreas deben recordar, para empezar, que ninguno de los datos que tenemos a nuestra disposición son concluyentes, y que en nada cambiaría nuestra apreciación de una vida de estudio, reflexión, contemplación y compromiso político, si supiéramos que el precio a pagar por vivir consciente y comprometidamente resultara ser contraproducente en relación a esos bienes empecinadamente publicitados.

Sencillamente, un pensador, un meditador, una persona comprometida con la justicia, la paz, la igualdad y la preservación de nuestro planeta no evalúa la utilidad de la práctica en estos u otros términos semejantes. Hacerlo sería tan absurdo como pretender que la libertad o el amor pueden comprarse o venderse en el mercado como cualquier otro activo.

Conclusión

Estas consideraciones críticas no tienen el objetivo de desanimar la práctica meditativa. Muy por el contrario, en consonancia con el epígrafe que abre esta nota, estamos convencidos de que, en nuestra época, la pretensión de escindir mente y política acaba teniendo consecuencias totalitarias.

En un momento en el cual la tecnología (incluidas las sofisticadas formas de management) tienen entre sus principales objetivos la conquista y la colonización de las subjetividades, con el fin de controlar los comportamientos individuales y colectivos, y a través de ellos, capitalizarlos, la tarea de liberación psicológica y espiritual se convierte en una actividad política sine qua non. 

En ese sentido, las practicas meditativas y las prácticas espirituales contemplativas que se realizan de espaldas a la realidad sociopolítica y son indiferentes a los avances científico-tecnológicos que nos afectan, o se dejan seducir por sus cantos de sirena, en el mejor de los casos acaban convirtiéndose en «impotentes compañeras de viaje» de un sistema en cuya raíz se inscribe la violencia, la desigualdad y la autoaniquilación de nuestra especie.

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